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Cuando hace casi 25 años comencé mi etapa profesional en esta casa, un profesional del incipiente capital riesgo en nuestra comunidad me dio, entre otros buenos consejos, dos claves por las que guiarse en este proceloso mar del capital riesgo.
La primera era que “no hay proyecto de inversión bueno o malo, si no empresario o emprendedor bueno o malo”.
La segunda era que más valían “proyectos modestos, incluso en sectores maduros, pero con fundamentos técnicos, comerciales y financieros simples y solventes” que “proyectos jactanciosos cuyos fundamentos se sustentaban en tecnologías revolucionarias, crecimientos exponenciales y financiación inagotable”, vamos, “que el papel lo aguanta todo”.
A lo largo de estos años, he tenido bastantes oportunidades de comprobar de manera más que fiable el valor y la bondad de ambas claves después de haber disfrutado y sufrido, a partes iguales (?), una variopinta sucesión de proyectos, empresarios, emprendedores y demás circunstancias que los han rodeado y, en algunos casos, los siguen aun rodeando.
Así, para ilustrar la validez de ambas claves recuerdo con especial agrado el caso de una pyme industrial navarra perteneciente a un sector industrial bastante maduro y competitivo cuyos productos iban destinados al mercado nacional y cuyo heterogéneo accionariado se encontraba muy desanimado por la deficiente evolución de la compañía, hasta el punto de haberse iniciado la búsqueda de una empresa del mismo sector que pudiera estar interesada en su adquisición.
De entre sus accionistas minoritarios surgió uno que, con un valor digno de encomio y las ideas bastante claras, apostó de manera decidida por continuar en solitario con la actividad de la empresa, asumiendo la gerencia y aportando su patrimonio a la misma. Obtuvo el apoyo de Sodena en su intento de reflotar la compañía y alcanzó un acuerdo con sus acreedores financieros para convertir su alta deuda a corto plazo en deuda a plazo largo con algo de carencia.
Pues bien, tocando las teclas precisas, esta empresa consiguió superar gradualmente sus dificultades firmando un convenio laboral plurianual que supuso contención de costes y mayor flexibilidad; además incrementó significativamente sus exportaciones y comenzó a diversificar sus productos para ampliar su mercado. De esta manera, en poco más de dos años obtuvo resultados equilibrados y al tercer año entró en beneficios.
Finalmente, una vez confirmado el reflotamiento de la empresa y sus buenos resultados, llegó la hora de la salida del accionariado de Sodena y, a pesar de que al inicio se había firmado un pacto por el que este empresario compraría a Sodena su participación a un valor correspondiente a capitalizar la aportación inicial de Sodena a un tipo de interés fijo no muy alto, accedió a valorar la participación de Sodena a su justo valor de mercado.
Ello supuso para el empresario en cuestión pagar un precio mayor de lo convenido pero también un reconocimiento al apoyo recibido de Sodena. Y, lo que en mi opinión es más importante, una magnífica prueba de su calidad humana y su categoría profesional.
Por cierto, posteriormente este empresario obtuvo el reconocimiento público en nuestra tierra por su trayectoria.
Vicente Navarrete Saiz-Marco