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Situémonos, año 2013: coyuntura económica muy dura con dificultades para acceder a financiación para nuestros proyectos sin el aporte de garantías que a su vez es escaso.
En este panorama un proyecto llega a nuestra puerta, puede ser una idea innovadora; ya es un paso. Puede tener un buen nivel de desarrollo incipiente; mejor. Puede tener un plan de negocio perfectamente elaborado con unas premisas claras y para nada optimista en exceso; mejor aún.
Dicho plan ha plasmado unas necesidades financieras muy claras y perfectamente explicadas. En estos momentos llega la cuestión de cómo el proyecto va a cubrir sus necesidades financieras, donde de una forma clara nuestros fondos son muy relevantes para ello.
Llegados a este punto surge la gran pregunta que los promotores se hacen: ¿cuánto vale mi proyecto? No hay respuesta rígida, pero sí creo existen unas pautas claras que se debieran tener siempre en cuenta. No hay que tener miedo a perder la mayoría, a ceder el control o, mejor dicho, a aceptar que se les controle en ciertas decisiones. Para nosotros el negocio siempre es del promotor y así lo plasmaremos a futuro con mecanismos cómodos para todas las partes en cuanto a la estructura final de propiedad.
Prometemos ser un compañero de viaje sencillo, que permita al promotor gestionar su proyecto. Pero en el momento inicial desgraciadamente los proyectos no tienen prácticamente valor si no dispone de los recursos necesarios para que se pueda llevar a cabo.
Este es un tema fundamental para poder articular los proyectos. Con valoraciones razonablemente bajas iniciales es más sencillo poder sacar adelante los proyectos articulando mecanismos de devolución de esa valoración que se va generando en el tiempo.
No sirven valoraciones altas en momentos tempranos con escaso nivel de desarrollo, pero sí se reconocerán a futuro cuando el proyecto muestre lo plasmado inicialmente en el plan de negocio.
Óscar Arriaga Lasterra