¿Cuánto vale mi empresa?

27 Julio 2015

No hace demasiado tiempo, coincidí con un antiguo compañero de universidad en un aeropuerto. Tras compartir 5 años de pupitre, llevábamos tiempo sin vernos y, aunque nos seguíamos el uno al otro desde la distancia, el retraso en nuestros respectivos vuelos nos sirvió para ponernos al día.

Tras el consabido repaso de los aspectos personales de cada uno (familia, hobbies…), tocó hablar de los asuntos profesionales.

Mi amigo lleva años trabajando en banca de inversión, intentando cerrar transacciones de muchos ceros de empresas con una trayectoria de éxitos a sus espaldas. A la hora de calcular el valor de una compañía, me decía en tono jocoso que se había convertido en un experto justificador de valoraciones. Dominaba a la perfección la teoría de las diferentes metodologías de valoración de empresas “maduras” (descuento flujos de caja, comparables, múltiplos) y utilizaba esos tecnicismos según los intereses de su cliente: ¿Quién es el “guapo” que podía discutirle que la tasa de descuento – wacc - que aplicaba no era la correcta? ¿O que la “g” del valor residual no era la que defendía con uñas y dientes? ¿O incluso que los “flujos de caja” del año “n+x” eran unos u otros?15.07 blog AC

Evidentemente a mi amigo no le faltaba razón al argumentar que existe cierto componente de subjetividad en todas las valoraciones, pero evidentemente la utilización de diversas metodologías de valoración de forma correcta, una vez conocida en profundidad la compañía, sirven para mitigar los errores de valoración y que esta se pueda aproximar al precio que el mercado está dispuesto a pagar por la empresa.

En mi anterior etapa profesional en otra empresa ajena a Sodena, yo también me identificaba un poco con mi amigo a la hora de valorar las compañías. Sin embargo, ahora que me toca valorar empresas que se encuentran en fase semilla (no tienen ventas y el riesgo tecnológico es importante) no dedicamos tanto esfuerzo a clavar o justificar las valoraciones. Habitualmente utilizamos la figura del préstamo participativo capitalizable, el cual no exige “desgastarse” con el promotor sobre el valor que tiene su “niña bonita” hasta el momento que haya una nueva ronda de financiación, teniendo la opción de capitalizar tomando como referencia ese valor. De la misma manera en las inversiones en empresas en fase arranque (se están iniciando las ventas pero no tienen un histórico que avale las proyecciones) tendemos a ajustar nuestra valoración de entrada en el momento de nuestra desinversión en función de los resultados reales y, por tanto, en función de la rentabilidad real obtenida.

Adicionalmente a la valoración, existen diversos factores que inciden en que Sodena pueda apoyar el proyecto (creación de valor en Navarra, mercado, competencia, producto y modelo de negocio, escalabilidad, recursos humanos, recursos financieros…) pero si tuviera que elegir solo uno, sin duda me quedaría con la confianza que nos inspira el equipo promotor, ante la realidad tantas veces demostrada de que el “riesgo promotor” puede hacer fracasar la mejor de las ideas posibles.

Por ello resulta clave dedicar tiempo a conocer al equipo promotor y convertirse un poco en psicólogos, de forma que si vemos que no existe “química” entre nosotros, un “no” a tiempo nos evite futuros disgustos. En definitiva, esa inteligencia emocional a la que aludíamos en otra entrada de este blog y más en concreto ahora, el arte de valorar a las personas, el cual no te lo enseñan en ninguna facultad, acaba siendo para mí el método de valoración más importante, especialmente para las empresas de reciente creación e innovadoras.

Alberto Clerigué Gárate

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